Trivialidades (1ª entrega)
Hoy no tengo ganas de hablar de nada serio... debe ser el calorcito del verano que ya se acerca, asi que escribiré sobre lo primero que se me ocurra. Esta tarde, cuando he llegado a casa no tenía muchas ganas de comer. Es extraño, porque lo único que había desayunado había sido unos pequeños croissants a las 6:15, al poco de despertarme. Supongo que la proximidad del parcial de ICM ha contribuido en parte. Así que he dejado los bártulos y me he puesto a estudiar... también esto me ha costado trabajo. He pasado casi toda la mañana en la biblioteca general repasando que si el enlace de los materiales, sus propiedades magnéticas, eléctricas, orbitales por aquí, solapamientos por allá. De solapamiento iba la cosa; la primavera vuelve a hacer estragos. Mi narcisismo ha de ser desorbitado, pero a veces me siento tan lejos del resto de las personas... Sobre las 16:00 he bajado: debía comer algo. Después de comer he encontrado un caramelo sobre su plástico extendido encima de la bancada. Aunque hasta entonces no me había dado cuenta de su existencia, llebaba allí desde antes de que yo hubiera bajado por las escaleras. Parecía recién abierto, dulce y brillante, pero yo sabía que había pasado por unas cuantas manos ya, a saber: las de mi madre, para dárselo a mi hermana, las de mi hermana para metérselo en la boca, las de su padre para devolverlo al papel cuando a la niña no le apetecía más. En efecto, el caramelo había estado rondando la cocina desde mucho antes de que yo hubiera bajado las escaleras. Me lo habría comido, sí, pero he preferido no hacerlo, por lo que pudiera pasar. Después de todo, acababa de cepillarme los dientes.
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